mardi 13 novembre 2018

LAS MUJERES SABIAS

Macha Makeïeff teletransporta “Las Mujeres Sabias” de Molière a la era pop de los Setenta.



        Ocultadme a ese idiota que no podría oir… sería el lema  de esta comedia de Molière parafraseando una de sus réplicas más célebres.

      Un puro regalo que se saborea de principio a fin en una obra que, con ritmo frenético de batería yé-yé, representa el eterno pulso entre naturaleza y cultura, guerra de sexos y la lucha encarnizada de las mujeres por escapar a sus destinos de pierna quebrada en casa mediante reivindicaciones de emancipación intelectual.

  Pero en esta familia burguesa, la mujer, después de habérsele concedido el estatus de esposa y de haber traído dos hijas al mundo, lleva ella los pantalones y silencia a su marido. Ansiosa de saber científico y de bello lenguaje, Filaminta (interpretada genialmente por Marie-Armelle Deguy) no escapa sin embargo al hechizo de Trissotín, poeta detestable y falso sabio que ha puesto sus miras en la fortuna que el matrimonio con la menor de las hijas, Enriqueta, podría proporcionarle.

Un corazón victorioso

¿Por qué casar Enriqueta antes que a la heredera Armanda? Porque ella prefiere las alegrías terrenales a los éxtasis espirituales y filosóficos que la mayor abraza como si de un ministerio se tratara… Pero es que Enriqueta, sobre todo, ama a Clitandro y quiere casarse con él, digan lo que digan su hermana, su tía, su madre o el resto de la Humanidad.

  Todo está dispuesto para retirar la anilla que hará saltar por los aires la estupidez que se oculta en la pedantería, el oportunismo que se disfraza de grandeza e ingenio y la debilidad que se arma de fortaleza. El vencedor de esta batalla entre el cuerpo y el espíritu siempre será el corazón, árbitro inquebrantable de sinceras emociones y de vicios ocultos.


De Molière a Mayo del 68

     Al placer del verso de Molière se le añade la lectura que hace  Macha Makeïeff que teletransporta la obra a los años 70. Mobiliario y vestuario de tonos ácidos, gira-discos y alambiques, todo nos sumerge en la edad de oro de la revolución sexual en la que la emancipación se quita el velo y se multiplica en sabiduría e intelectualidad, temas apuntados por Molière, para poner en pie de igualdad el impulso que la mueve y las trampas que la frenan.

    Como nexo de unión entre la época de Molière y Mayo del 68, la música –pop o baroca- calma las tensiones en esta familia explosiva al incluir en el reparto a dos cantantes en el papel de Clitandro (Ivan Ludlow), ataviado y con look a lo Ringo Starr, y como Belisa, la tía erotómana, interpretada por el irresistible Thomas Morris. Sin olvidar a Trissotín (Geoffroy Rondeau), en un remake inconmensurable de Conchita Wurst que viene a punto al introducir la noción de género y de transgénero para añadirle su punto de picante más a la cuestión de la identidad en que se resume la comedia humana que tan bien confeccionó Molière y que no ha envejecido nada…

  He querido acercaros el espectáculo teniendo la osadía de hacer los subtítulos en Alejandrinos. No intenten comparar los versos de Molière con estos, ni se les someta a un riguroso examen filológico. Los anacronismos son conscientes, la libertad de Macha me dió la osadía. Y la paciencia, y el enorme cariño, disculparán la falta de talento.

  Se ha editado el video eliminándose la parte de Alabanza de Corte.

Este video no debe ser distribuido. Ha sido creado para uso exclusivo de un reducido grupo.

Trissotin ou Les Femmes savantes, de Molière, puesta en escena de Macha Makeïeff, del 16 al 20 de diciembre y del 5 al 17 de Enero en el Teatro La Criée, de Marsella.


Enlaces para ver la obra

TRISOTÍN O LAS MUJERES SABIAS


ACTO I   (26’)

ACTO II  (27’)

ACTO III COMPLETO   (32’)

ACTO IV    (21’)

ACTO V    (20’ más canción final)

mardi 11 septembre 2018

Misántropo, de Molière, o el regreso a las cavernas. Versión de Miguel del Arco







Misántropo, en el Teatro Pavón Kamikaze. Miguel del Arco explora la misantropía de nuestra sociedad y nos asoma a nuestro propio abismo a través del texto de Molière.



LEER ESCENA ACTO II Versificada.








La culpa la tiene Platón. Culpemos a Platón. Quién no ha leído el mito de la caverna. Fácil. Su sugerencia —sí, la de Platón— pasaba por romper las cadenas, salir de la caverna y contemplar el mundo. Mirarlo afrontando lo que nos depara. Quizá sea ahí cuando empiezan los problemas, pues iluminamos las zonas oscuras de nuestros congéneres y ¿qué advertimos?: la hipocresía, los dobles vínculos, la farsa y la mascarada. En realidad, ¿no merecería la pena seguir engañados? Sin contar con la lucidez que duele. La lucidez penetrante que nos puede transmutar en misántropos. O llevar a odiar a la humanidad. La lucidez que nos puede hacer querer buscar refugio en el desierto como le ocurre a Alcestes, el protagonista de Misántropo: una revisitación, desde el siglo XXI, de la obra original de Jean Baptiste Poquelin —a.k.a. Molière— alcanzada con apabullante acierto por medio de la dirección y entrega del dramaturgo Miguel del Arco para el Teatro Pavón Kamikaze.

Moliére, que decía que «la hipocresía es el colmo de todas las maldades», daría por bueno —quiero suponer— el retrato que de aquella se hace en el Misántropo que estos días ha vuelto a las tablas.

Cuando Moliére escribe su obra —una comedia-drama en verso fechada en 1666—, el autor tenía mala salud y su famosa hipocondría estaba intacta. Además, su Tartufo había sido prohibido por las presiones eclesiásticas, y las malas lenguas comenzaban a tildar al autor de libertino por su Don Juan.

Sumemos a eso que la relación con su mujer —Armande, 20 años más joven que él— hace aguas debido a las repetidas infidelidades. En definitiva, Misántropo germina para Moliére en este contexto y lo hará como una obra que es una suerte de sublimación de los males que le estaban acuciando.



El Misántopo que reconstruye Del Arco es una pieza de orfebre, minuciosamente fiel al sustrato original en cinco actos del siglo XVII. Mientras que en la de Molière todo transcurre en un salón aristocrático de París, Del Arco trae a los personajes a una discoteca-after y, más concretamente, hace que toda la acción suceda en el callejón al que conduce la puerta trasera de ese after. Un callejón recreado escrupulosamente a la perfección, casi como un personaje más, detalle a detalle, gracias a la maravillosa escenografía de Eduardo Moreno, la inspiradísima iluminación de Juanjo Llorens o el sonido, afinadamente encajado en todo el engranaje, de Sandra Vicente.

Los personajes del Misántropo para el siglo XXI —Alcestes, Celimena, Filinto, Oronte, etc.— se meten coca, tienen Instagram, beben y se pillan cogorzas, bailan esas canciones huecas que todos hemos bailado en un after o en cualquier garito. Pero más allá de esos elementos que la acercan a cualquier cohorte de millennials que esté sentado en el patio de butacas, lo realmente importante es que no pierde la esencia principal del mensaje del autor francés, esa idea que atraviesa la obra de principio a fin: la sociedad es imperfecta, el mundo está lleno de hipocresía, de engaño y de falsa adulación. La reflexión que se nos plantea es si debemos saber adaptarnos para convivir con tales imperfecciones o bien mantenernos imperturbables, defensores implacables de la verdad, convencidos de que, de optar por la primera vía, hacemos del mundo un lugar peor en tanto en cuanto nos convertimos en apóstoles de la mentira y el autoengaño.

Y es difícil no convertirse en alguien atrabiliario en los tiempos que corren. Sí, de acuerdo, han pasado más de cuatrocientos años desde que Molière escribió su Misántropo. No obstante, las cosas no han cambiado mucho. La honestidad, la soledad, el egoísmo, la justicia, los celos, la doble moral, etc. siguen siendo coordenadas a revisar. Nuestras sociedades han avanzado hacia esa moral y modernidad líquidas, que diría Zygmunt Bauman. Quizás padezcamos aquello de tener miedo de una identidad que se acople a nosotros como un traje que ya no nos podremos quitar nunca.

En esa órbita se mueven los personajes del Misántropo de Del Arco. Muchos de ellos no se comprometerían con nada para siempre porque la ambición que les guía conoce bien aquella estratagema del «allá donde fueres haz lo que vieres». Fiel reflejo en ese callejón, durante casi dos horas de historia, resulta imposible no pensar en que cualquiera puede perderlo todo de un minuto a otro.

Perder a tu pareja, perder la credibilidad, perder los nervios, perder la vergüenza. Perder la razón, perder el juicio, la dignidad. Perder la confianza. Todos los personajes de Misántropo tienen miedo. Están atribulados. Y mucho. Es algo que deviene hacia el final. Ahí es cuando vemos cómo se sustancia en cada uno de ellos el miedo: el denominador común en los siete personajes que danzan y desfilan por la historia. El miedo que los atenaza a todos. Su falta de libertad. Aun conociendo la amenaza son incapaces de prevenirla. Pero ellos volverán a replegar ese miedo y a exiliarse de lleno en la fiesta. Porque cuando la atención se divide, la ejecución se resiente, y mientras cantas y bailas y lames el culo al anfitrión, ¿qué consigues?: no pensar. Pues eso.


Es Alcestes, interpretado por Israel Elejalde, quien parece contener todos los demonios. Él es la caja de Pandora que no puede ser cerrada. Es él quien se aferra más a una voluntad de resistencia y quien se acerca descaradamente casi al dogma de fe.
foto II

Nunca quiso Molière mostrar personajes blancos o negros, sino matizados. Y este hecho está logrado con creces en la obra. Nuestros arrepentimientos van y vienen; la comunicación en los diálogos entre los personajes arrastra el conflicto de un lugar a otro, como un tronco pesado arrastrado por la resaca del oleaje. Ahora estamos con Celimena, ahora con Alcestes. Ahora nos ponemos del lado de Oronte, ahora del de Filinto y otra vez del lado de Alcestes. C’est la vie.

Todo el reparto está en sintonía. Todos saben comprender el caos y los remolinos que ocurren en ese callejón y en el interior de sus mentes. Queda muy bien retratada esa nueva corte de vasallos que en el siglo XVII complacían al rey y ahora complacen al anfitrión. No desentonan en su conjunto todos los que salen en escena —Israel Elejalde, Ángela Cremonte, José Luis Martínez, Miriam Montilla, Manuela Paso, Raúl Prieto y Cristóbal Suárez—. A menudo recuerdan a los vuelos sincronizados de los estorninos. Un alarde de trabajo en equipo, solidaridad y empatía como actores los unos con los otros. Unos actores y actrices dadivosos.

Sin desmerecer el trabajo de ninguno —no hay uno solo que chirríe—, sí considero que Elejalde habita en Alcestes, o al revés, de un modo tan deslumbrante que noquea. Él, que representa al filósofo de callejón que sabe lo que duele pensar; él, que encarna al arquetipo foucaltiano de la resistencia y la voluntad de verdad; él, que salió de la cueva, rompió sus cadenas, y nos muestra cómo opera la lucidez empecinada y cegadora y de qué modo punza más la cordura que la locura; él, Alcestes/Elejalde, todo eso y más logra evocarlo e interpretarlo con naturalidad y sencillez, aunque sepamos y veamos que, realmente, sobre el escenario está poseído por una fuerza interpretativa abrumadora. (No se pierdan ese soliloquio aferrado a una cañería mientras declama: endiosado).


Me encanta leer que entre las referencias que ayudaron a Del Arco se encuentra mi admirado Foucault —además de Montaigne o Cernuda—. Es curioso que no mencione a Ciorán o Bauman, aunque quizá también hayan pasado por su imaginario, pues a este Misántropo se le ven las costuras muy bien hilvanadas.

Miguel del Arco nos obliga a pensar contra nosotros mismos —quizá porque en el elaborado proceso de búsqueda que se intuye, primero lo hizo él—. Provoca y sacude hasta el punto de preguntarnos si será mejor un vicio tolerante que una virtud obstinada. Hasta el punto de hacernos dudar si la parresía ética de la antigua Grecia es el equivalente del actual sincericidio. Gracias a Misántropo vemos cómo el que habla mejor no siempre es el que dice la verdad sino el que seduce más. El que manipula más. La verdad ya no es seductora.

Reflexión sobre la condición humana, alegato contra la demagogia y los demagogos, Del Arco acierta en su propuesta al no pisar nunca mina alguna en el peligroso territorio de las intenciones moralizadoras.



Equilibrada, sí. Ponderada, y tanto. El director consigue hacer que tiemblen nuestras certezas, esas que son como hologramas, y que nos entren ganas —si cabe más aún— de morar en el desierto. O lo que es peor, de regresar a la caverna. Sin antorchas. Sin una pizca de lucidez.

Misántropo

Autor: Molière

Dirección y versión: Miguel del Arco

Reparto: Israel Elejalde, Ángela Cremonte, José Luis Martínez, Miriam Montilla, Manuela Paso, Raúl Prieto y Cristóbal Suárez. Con la colaboración especial de Asier Etxeandia (voz del tema musical “Quédate quieto”)

Escenografía: Eduardo Moreno

Iluminación: Juanjo Llorens

Sonido: Sandra Vicente (Studio 340)

Música: Arnau Vilà

Vídeo: Joan Rodón, Emilio Valenzuela

Vestuario: Ana López

Coreografía: Carlota Ferrer

Foto cartel: Rodón & Moreno

Producción ejecutiva: Jordi Buxó

Director de producción: Aitor Tejada

Producción de Kamikaze Producciones en coproducción con el Teatro Español de Madrid y el Teatro Calderón de Valladolid. Con la colaboración del Teatro Palacio Valdés de Avilés.


dimanche 13 mai 2018

PAYASO


  Habia una vez un payaso que puso el pie en el primer peldaño de una escalera, y la gente rió. El payaso, alegre y decidido, puso el otro pie en el segundo peldaño y el público redobló la risa. Para su tercer peldaño, el payaso usó sus trucos más logrados: crear expectativa, casi emoción y suspense antes de poner el pie e irlo retirando con gestos de niño travieso hasta en tres ocasiones… pero cuando apoyó el pie, el azar le regaló el don más preciado para un payaso: un fallo. Todos esperaban una anunciada y espectacular tercera pisada que no se produjo. En su lugar se vió un revoltijo vertiginoso de escalera y payaso. Cuando se levantó, sinceramente aturdido, reaccionó repentinamente con grandes gesticulaciones riñendo exageradamente a la escalera, dando saltos de indignación de payaso, donde todo es desmesurado, y recriminándole, como si fuera un personaje vivo, su ineptitud de peldaño, lo único para lo que servía. Fue su momento de gloria más alto y arrancó la ovación más grande que pudo oir en toda su carrera; mucho más de lo que consiguió cuando intentó reproducir cada tarde durante décadas ese incidente en su espectáculo.

  La vida que nos vive cada día está llena de amenazas de fracasos cotidianos, de pequeños desastres, de incidentes que no dejan marchar las cosas hacia donde estaba pensado que debían ir. Pero el payaso nos enseña que cada momento espera que un incidente, un pequeño fracaso le abra una puerta nueva, una vida por estrenar tan arrebatadoramente fresca que se nos olvide la que teníamos previsto vivir. Un momento único e irrepetible que despertaría la envidia de los dioses. Ellos, que son eternos,

nos envidian porque somos mortales, porque cada instante nuestro podría ser el último. Todo es más hermoso porque hay un final. Briseia, nunca serás más bella de lo que eres ahora. Nunca volveremos a estar aquí”.

  Ni los dioses ni la Ciencia comprenden esos milagros que surgen, como brotes de primavera Machadianos, de los resquicios de lo anodino.

El universo entero en el que vivimos y que es absolutamente maravilloso viene de la imperfección. Cada una de las galaxias que vemos hoy en día fue una imperfección cuántica en el momento del Big Bang según nos dicen los cosmólogos o los astrofísicos y algunos otros científicos. La vida lleva 4.500 millones de años evolucionando en el planeta a base de errores a la hora de copiar el ADN. Cada error es una mutación... Nosotros fuimos una mutación. Por eso pasamos de primates a humanos. Hablamos y pensamos porque la imperfección nos hizo. Estamos aquí gracias a la imperfección”.

El payaso, cada vez que una lágrima resbala por su nariz que él quiere aún más grande y más respingona, piensa en el regalo que nos hizo. Él ve en esa gota los millones de moléculas que bullen y chocan entre sí, y es capaz de distinguir entre tantas bolitas alocadas a aquellas pocas que salieron malparadas, que perdieron su bolita de O de su traje de H2. Esa agua accidentada que llaman los científicos Ph neutro.

De hecho, toda la vida del planeta depende de eso. Cada especie vive en un Ph particular, pero todos vivimos ahí. Esta maravillosa diversidad, toda esta inconmensurable belleza, de miles de colores, todo lo que hace especial a este planeta, todo lo que amamos, todo vive ahí. Cada cual, en su pequeñísimo rango, muy cerrado de imperfección acuosa”.

 De una lágrima surge un universo dijo el payaso resumiendo al astrofísico y a Homero. Y luego soltó una carcajada.