Los amores de Molière
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Madeleine Béjart
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Mlle
Du Parc
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Mlle De Brie
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Armande Béjart
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ACTO
PRIMERO
El señor Jean Poquelin quería que su hijo le sucediera en su puesto de
tapicero real, pero el amor hizo del joven Poquelin comediante.
Había en París un teatro donde los
jóvenes de buena familia actuaban acompañados de actores profesionales.
Esta troupe, formada en principio por amateurs, incluía entre sus miembros a toda la familia Béjart. Esta
familia se decía descendiente de un oficial a las órdenes de Carlos V.
En la tribu de los Béjart destacaba
sobre todos una pelirroja de 26 años llamada Madeleine.
Era una joven de carácter fuerte y
bastante presumida. Quizá por eso fue protagonista de algunas intrigas amorosas.
La relación más larga la mantuvo con un noble, el Señor De Módena, y fruto de
esta relación nació una niña.
Madeleine alternaba en escena los
papeles de reina con los de criada; pero, claro, prefería los de reina – ya
saben, la alcurnia del capitán-. Intentó que el señor de Módena se casara con
ella, pero se quedó compuesta, sin novio y por supuesto sin marido ni hija.
En este preciso momento, el joven Jean
Baptiste Poquelin apareció en escena y conoció a Madeleine.
A pesar de los esfuerzos de su padre por hacerle
desistir, y a pesar de las amenazas de toda su familia, Jean Baptiste Poquelin se enroló en la compañía
del Ilustre Teatro, y adoptó el
sobrenombre de Molière.
Pronto se convirtió en el
jefe de la compañía gracias a su inteligencia y a su enorme talento. Bueno, y
gracias también a su dinero. Porque la suerte de ser director y la fortuna de
ser querido la pagaba de su propio bolsillo.
Pero como las cosas no iban bien en
París, decidieron inventar lo que hoy se conoce como tournées y recorrer Francia.
De esta época de viajes entre 1646
y 1653, se cuenta, en algún tratado muy serio, una aventura de Molière que pudo
acabar en tragedia. Parece ser, que en
Pezenas, el futuro autor de George Dandin, no se conformaba con el sillón del
barbero del pueblo, sino que hizo mal uso de cierto mobiliario de la casa,
auspiciado por la esposa de éste, hasta que el barbero forzó a Molière a buscar
una salida de emergencia por los tejados y goteras del pueblo…
El
protagonista de esta escena es George Dandin, un rico campesino de pueblo que
se casa con una joven de la nobleza pero económicamente a punto de la
ruina. A cambio del prestigio, mantiene
a toda su familia.
Al
principio de la obra ya parece
arrepentirse …
ACTO SEGUNDO
Afortunadamente para la moral, estas escapadas no
fueron frecuentes en las peregrinaciones de Molière a través de Francia;
Podemos imaginar que, en el trascurso de las
representaciones ambulantes, Molière conociera algunas señoras de alcurnia, que
se prestarían encantadas a ayudarle en las formalidades previas. madame l’Élue, madame l’Intendante,
madame la Baillive, mujeres provincianas ávidas de un ideal tan raro en
estas pequeñas localidades, de las que el autor extraerá los arquetipos de
provincianas esbozados con una malicia encantadora que bien puede ser el
recuerdo de galanteos.
Pero lo que no deja lugar a suposiciones, es el encuentro
en Lyon con dos mujeres que son fundamentales en su vida y en su obra.
En efecto, en Lyon conoció a la señorita Du Parc y a la señorita De Brie, ambas ligadas al
teatro de Lyón.
La señorita Du Parc
era una de esas bellezas frías y orgullosas. Entre sus adoradores se contaban
nada menos que Pierre
Corneille, Thomas Corneille, La Fontaine, Molière y Racine, por orden de
aparición. La llamaban La Marquesa,
y los papeles que representó lo
justifican sobradamente: Cathos en las Preciosas,
Elvire en Don Juan y Arsinoë en el Misántropo.
La Du Parc rechazó sin miramientos los avances de Molière y éste
lo encajó bastante mal.
Entonces miró con otros ojos a la Señorita De Brie; dulce, cariñosa y
afable, de la que hablaremos luego.
De su antiguo amor
por la Du Parc, Molière guarda recuerdo de sus sentimientos que afloran
en inspiradas escenas de Las Mujeres Sabias. En concreto la Escena II del Acto Primero en
la que Clitandre interpreta entre las dos hermanas de la ficción Henriette y Armande el mismo papel que Molière entre las señoritas Du Parc y De Brie en la vida real:
CLITANDRO, ARMANDA, ENRIQUETA.
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| Versión de Macha Makeïeff |
CUADRO TERCERO
Decía Molière,
“es una extraña empresa la de hacer reir
a la gente del pueblo, puesto que sólo rien cuando quieren”. Nuestro autor manejó
todo un arsenal de técnicas cómicas:
Sus actores
multiplican los Gestos, la mímica y
las muecas, los vestidos ridículos y los accesorios extravagantes para ayudar a
las Situaciones a desencadenar la
sorpresa, la coincidencia insólita, los giros inesperados y poner en
dificultades a los personajes de los que reírnos. Porque, no lo duden, nada más
cómico que la desgracia de alguien.
Para recrearlo, las palabras se manipulan, deforman. Aparece
lo vulgar y pueblerino frente a lo excesivo y relamido. Las palabras entre dos
niveles rebotan, se confunden en su decir, en ambigüedades, en sus dobles
sentidos… Molière es un maestro en mantener discursos con doble interpretación
o Quiproquo, una cosa por otra.
Cuando los personajes representan un vicio, una idea fija, una manía, son caracteres, es decir, caricaturas
morales.
La burla consigue así un
efecto moral. Los memes de la época hablaban de la excesiva preocupación por el
cuerpo, de la hipocresía de los que se les llena la boca de consejos cuando son
los primeros que no los cumplen, de tronistas avant la lettre que opinan de todo y no tienen idea de nada… ¿les
suena?
Veamos un ejemplo de quiproquo en Las Mujeres Sabias Acto I Escena IV, entre
el joven enamorado Clitandro y la tía de su amada, Belisa, de quien quiere
obtener el consentimiento para su boda con la bella Enriqueta.
ACTO TERCERO
La señorita De Brie era muy
joven, delgaducha, pero bastante hermosa como lo prueba el cuarteto a ella
dedicado por otro autor cuando tenía ya sesenta años:
Tuvo que ser deslumbrante,
Puesto que aún hoy, pese a la edad
apenas hay joven beldad
Que iguale su beldad menguante.
Por los
papeles que le tocó interpretar en escena podemos deducir su carácter, puesto
que lo normal era acomodar los personajes a la naturaleza de los intérpretes.
Es decir, que los papeles se escribían pensando en actores concretos.
La Señorita De Brie fue la sensible Éliante, del Misántropo,
la Marianne del Tartufo, la Vénus de Psyché. Es decir, los
tipos más encantadores trazados por el genial pintor de mujeres que fue
Molière.
La
Señorita De Brie supo dar al suspirante desdeñado todo el consuelo que estuvo
en sus manos, y siguió siendo, durante el resto de su vida, su amiga siempre
fiel y el refugio seguro de las tormentas que ensombrecieron la existencia del
poeta cómico.
La Du Parc se arrepentiría más tarde de haber
desdeñado a Molière, pero éste ya estaba curado.
En esta época se opera una transformación en el carácter de
Molière que no ha sido suficientemente advertida por los comentaristas; Molière
conoce el verdadero amor.
Hasta este momento, no había tenido la seguridad del afecto
que garantiza una madre. Marie
Cressé, primera mujer de su padre, murió cuando él sólo tenía diez años.
En cuanto a su padre, era un avaro que, a poco más de un año de cumplirse el
duelo, se casó, por interés, en segundas nupcias con Cathérine Fleurette. De manera que el niño Jean
Baptiste tuvo que soportar la aspereza de una madrasta en lugar de las caricias
y ternuras de una madre, cuidados que
predisponen a los buenos sentimientos.
El Avaro es su venganza creativa. En esta escena El viejo avaro
Harpagón va a casarse con la joven Marianne por ahorrarse la dote; impidiendo
el amor verdadero de su hijo Cleante por Marianne.
El día que
Marianne viene por primera vez a la casa para formalizar la promesa de
matrimonio, Cleante se le declara sin perder la cara ante su padre.
HARPAGÓN, MARIANA,
CLEANTO,
ELISE,
VALERIO, FROSINA y MIAJAVENA
ACTO CUARTO
Como
veníamos diciendo, Molière no conoció el afecto de una madre ni tampoco en su
matrimonio; aunque se casó con veinte años con Madeleine Béjart, esta pasión
fue fruto de la fogosidad juvenil más que del corazón. Hasta 1653, la verdadera poesía
amorosa no había aflorado aún en su espíritu. Baste como prueba los esbozos
descoloridos de los personajes femeninos de obras anteriores como l’Étourdi.
En este momento la Du Parc y sobre
todo la amable y poética De Brie excitaron este alma sensible y le hicieron
descubrir toda la gama de matices propios del amor : las palpitaciones, los
malentendidos, las frases de doble sentido, las flores que se ofrecen, las
miradas que se cruzan … la eterna comedia
de los enamorados en la primavera de la vida, tan grato de representar, pero
tan efímera; antes de hacer el papel de
padre responsable, gozando aún el momento de figurar como el galán enamorado en
los carteles de sus representaciones.
Todas estas revelaciones, Molière,
que no había conocido más que las relaciones fáciles, le hacen producir esas
encantadoras escenas de enredo y desenredo de amor y desamor que haría exclamar
al crítico La Harpe, emocionado ante sus obras maestras:
<Deberíamos postrarnos de rodillas ante este este gran hombre>
Años más
tarde, esta armonía amorosa de juventud aflora en el dúo Valère y Marianne del Tartufo, en el cual resuena
la voz del melodioso poeta latino Horacio cantando al Amor.
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El Tartufo ACTO II ESCENA
IV
VALÈRE, MARIANE,
DORINE.
ACTO QUINTO
De 1653 a 1658 Molière continuó
viajando con su troupe de actrices secuestradas al teatro de Lyón. Con algo de
experiencia en la vida, no nos es difícil imaginar los celos y las disputas que
surgirían en esta compañía entre
Madeleine Béjart y la señorita De Brie, y no digamos con la Du Parc.
Molière se encontraría en una situación parecida a la que
describe Homero, con Júpiter, durante la
guerra de Toya, persiguiendo a Minerva, Juno y Venus. En medio de este
ambiente, Molière llega a París y se instala definitivamente.
Pues bien,
cuatro años más tarde, en
1662, el 20 de febrero, se casa con Armande Béjart, la hermana menor de su primera
mujer; y se instala, junto a su joven esposa en un lujoso apartamento bien
amueblado, con hermosos espejos, magníficos tapices, lujosos balcones. En una
palabra, todo el confort y el lujo de un artista que sabe apreciarlos, y que se
ha ganado, por su esfuerzo, el disfrute de estos goces materiales.
Mme de Sévigné sostenía que Armande era
fea. Esta apreciación es falsa, o a lo sumo exagerada. De haber sido cierta no
habría obtenido tanto éxito ni en el teatro ni en la corte.
Es más lícito pensar que era una
mujer agradable, de buen ver, como suele decirse. No es lo mismo que ser guapa
pero a veces es mejor.
Por cierto, tenemos el retrato de
Armande Béjart hecho por Molière mismo en El burgués gentilhombre Acto III
Escena IX
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El burgués gentilhombre Acto III Escena IX
CLEONTE y COVIELLE
ACTO SEXTO
Es un dato
contrastado que Molière pasó de una a otra hermana, pero ¿qué transformaciones se operaron en el alma
del poeta desde el punto de vista humano?
Madeleine envejecía, tenía casi cuarenta años
mientras que Armande florecía, tenía diecisiete. Podemos seguir los capítulos
de esta novela en los que la mente desempeña un papel tan importante como el
del corazón.
Molière
había visto crecer a Armande junto a él y, como filósofo, la estudiaba.
¡Cuán fecundo pudo ser en reflexiones el espectáculo de ver a esta niña
convertirse, primero, en adolescente y luego en mujer ! ¡ Cuánto aliciente
asistir a estas transformaciones sucesivas del carácter, y qué fuente de
inspiración y meditación sobre los instintos, la educación, sobre el desarrollo
de la naturaleza femenina!
Molière
analizaba…, y, poco a poco, el sujeto y el objeto del análisis se confundían.
Mientras
veía a Armande con los ojos del cuerpo, la visión de su mente reproducía esos
personajes entrañables de Leonor en la Escuela de maridos o Agnès en la Escuela
de Mujeres. Incorporando en un mismo amor, en una misma ternura, las creaciones
de su imaginación y esta realidad que llevaba el premio de la juventud y la
belleza. Pronto creyó que tanto una como la otra le pertenecían, y las dos,
confundidas, se hicieron una. Tras darle una copia al público, se guardó el
modelo para sí.
La
lógica de las fechas contrasta la lógica del alma. En 1661, Molière
estrena la Escuela de Maridos;
en 1662, la Ecsuela de
las Mujeres, y, este mismo año, 1662, se casa con Armande Béjart.
La escena representada a continuación es un ejemplo clásico
de Quiproquo o confusión cómica entre los personajes acerca de aquello de lo
que se está hablando. El protagonista Arnolphe, un cincuentón que ha criado
desde niña a Agnès para hacerla su mujer ideal, es decir, una mujer tan ingenua
que nunca le podría ser infiel. Este tema que ya lo sugirió Cervantes en un
entremés, El viejo Celoso,
y en su novela ejemplar el Celoso Extremeño,
lo retoma no obstante Molière de María de Zayas y Sotomayor.
Arnolphe vuelve de un viaje y en su ausencia parece ser que la ingenua
Agnes ha recibido las visitas de un joven apuesto. Quiere sonsacarle la verdad
ya que los celos lo reconcomen…
ARNOLPHE, AGNÈS. ()
https://drive.google.com/open?id=0B8px5zgI417EMmpWU3d2bEFkQjg
ACTO SÉPTIMO
No hace
falta buscar documentos que nos informen sobre el desarrollo de este
matrimonio. Las obras de Molière son auténticas memorias.
¿Quieren
saber, por ejemplo, cómo le iban las cosas dieciocho meses después de la boda? Basta con leer la escena Primera de la Impronta de Versalles, donde Molière
mismo no sabiendo cómo darle al rey la representación que desea, se enfada con
su compañía y sobre todo con su mujer:
Señora Molière. ¿Queréis que os diga una cosa? Deberíais hacer
una comedia para vos sólo.
Molière. ¡Callaos,
mujer. Sois una bestia!
Señora Molière. ¡Ah, muchas
gracias, señor marido! ¡Eso es lo que pasa! ¡Cómo cambia el matrimonio a la gente! ¡Hace dieciocho meses no me
hubierais hablado así!
Molière. Callaos, os lo ruego.
Señora Molière. Es algo curioso
que os preocupe tanto organizar una pequeña ceremonia hasta el punto de haceros
perder toda dignidad, y que un marido o un novio miren a la misma persona con
ojos tan diferentes.
Molière. ¡Cuánto
discurso!
Señora Molière. A fe, si yo
hiciera una comedia, la haría sobre este tema. Así se comprenderían muchas
cosas de las que se nos acusa, y así aprenderían los maridos la diferencia que
hay entre sus brusquedades y las galanterías del noviazgo.
Sólo esta
página nos permite reconstruir todo un interior: Molière tiene cuarenta años,
cansado de viajar, agobiado por el trabajo, lleno de preocupaciones diversas, a
menudo indispuesto, con un teatro que dirigir, obras que escribir, un rey al
que contentar, y por encima de eso, nervioso, irritado, de mal humor; por otro
lado, Armande tiene diecinueve años, sólo la preocupación de agradar en mente,
de ser amada, y que desearía un esposo más joven, más atento, más cariñoso.
Pronto
llega la desilusión. La señora Molière de la obra le dirige a su marido un
reproche desgraciadamente común a muchas mujeres casadas: “ya no eres el
mismo”.
La queja
está fundada. Antes era ese enamorado
que se sacrificaba ante el menor capricho de la novia, impaciente y vivaz.
Luego será el esposo, el señor, despreocupado, desatento, egoísta.
La eterna
historia de muchos hogares.
La mujer
pide demasiado, el marido no se entrega lo suficiente, la paz se altera y el
equilibrio de la felicidad se rompe.
Con un
pequeño esfuerzo de cada parte sería posible recomponer el equilibrio.
Pero el
fino observador de la naturaleza humana, el filósofo, es incapaz de esta mínima
prudencia matrimonial. Para Armande no será más que un marido demasiado serio,
demasiado viejo y preocupado y, para colmo de todo, no es la mujer que le
conviene.
¿Para qué
investigar en otras direcciones las causas de la tristeza de Molière en sus
obras. ¿Para qué buscar en documentos históricos las infidelidades de la señora
Molière?
Molière
sufre como Alceste por Celimène, en el Misántropo, las infidelidades de su
amor, sus coqueterías y galanteos con los señores de Versalles. Celimène es
Armande, qué duda cabe.
Los condes
entran y salen de su casa, sobre todo de Guiche y Lauzun, Molière desearía,
necesita, la tranquilidad de un hombre que trabaja.
En el Misántropo Alceste ama a
Celimena, pero ella representa todo lo que más odia.
7 (Ver Escena)
Misántropo, acto II.
CÉLIMÈNA,ALCESTE, CRIADO, CLITANDRO y ELIANTE
CUADRO NOVENO
Sin la calma que
necesita, con una mujer que se desentiende de su trabajo, que le atormenta con
sus infidelidades, Molière busca el consuelo una vez más en la señorita De
Brie.
No prejuzguemos a
nadie. Ni a Molière por querer buscar a
una amiga ni a la señorita De Brie. La buena, la generosa, la que olvida el
pasado para aliviar el presente, la que consiente en curar las heridas que
otras han causado, olvidando incluso las suyas, queriendo aún a quién quiso, no
tanto por ella como por él.
A quien le irrite la
idea de que volviese a ella como quien busca a una hermana de la caridad,
alguien sobre quien dejar caer las lágrimas y desahogarse: habría que
recordarle el tesoro de gratitud y la gloria que encerraban.
Los
fans incondicionales de Molière odian a las Béjart mientras que la señorita De
Brie vivirá para siempre en el corazón de todos aquellos que saben cuánto de la
ternura de Molière se le debe a esta mujer. El crítico Jules Janin dijo en una
ocasión:
“Quien quiera hacerse una idea exacta de Molière debe imaginárselo entre
sus dos amigas: su sirvienta Laforest y la señorita De Brie”.
Sus
últimos días parecían, sin embargo, que iban a devolverle la tranquilidad. Se
había reconciliado con su mujer hacía casi un año cuando falleció. Cinco meses
antes de la fatal representación del enfermo
imaginario nació su hija, aunque no sobrevivió más que un mes.
Durante
la cuarta representación del Enfermo Imaginario en el Teatro Real de París el
17 de febrero de 1673, Molière tiene una crisis. Su papel, es un hipocondríaco
ridículo. ¿lo tenía pensado? Molière aprovecha la sangre real que sale de su
boca, y las contorsiones de su enfermedad para arrancar una última carcajada y
último gran aplauso del público. Y tiene la decencia de morir en su casa,
acabado el espectáculo.