Habia una vez un
payaso que puso el pie en el primer peldaño de una escalera, y la gente rió. El
payaso, alegre y decidido, puso el otro pie en el segundo peldaño y el público
redobló la risa. Para su tercer peldaño, el payaso usó sus trucos más logrados:
crear expectativa, casi emoción y suspense antes de poner el pie e irlo retirando
con gestos de niño travieso hasta en tres ocasiones… pero cuando apoyó el pie,
el azar le regaló el don más preciado para un payaso: un fallo. Todos esperaban
una anunciada y espectacular tercera pisada que no se produjo. En su lugar se vió
un revoltijo vertiginoso de escalera y payaso. Cuando se levantó, sinceramente
aturdido, reaccionó repentinamente con grandes gesticulaciones riñendo
exageradamente a la escalera, dando saltos de indignación de payaso, donde todo
es desmesurado, y recriminándole, como si fuera un personaje vivo, su ineptitud
de peldaño, lo único para lo que servía. Fue su momento de gloria más alto y arrancó
la ovación más grande que pudo oir en toda su carrera; mucho más de lo que
consiguió cuando intentó reproducir cada tarde durante décadas ese incidente en
su espectáculo.
La vida que nos vive
cada día está llena de amenazas de fracasos cotidianos, de pequeños desastres,
de incidentes que no dejan marchar las cosas hacia donde estaba pensado que
debían ir. Pero el payaso nos enseña que cada momento espera que un incidente,
un pequeño fracaso le abra una puerta nueva, una vida por estrenar tan
arrebatadoramente fresca que se nos olvide la que teníamos previsto vivir. Un
momento único e irrepetible que despertaría la envidia de los dioses. Ellos,
que son eternos,
“nos envidian porque
somos mortales, porque cada instante nuestro podría ser el último. Todo es más
hermoso porque hay un final. Briseia, nunca serás más bella de lo que eres
ahora. Nunca volveremos a estar aquí”.
Ni los dioses ni la
Ciencia comprenden esos milagros que surgen, como brotes de primavera
Machadianos, de los resquicios de lo anodino.
“El universo entero en el que
vivimos y que es absolutamente maravilloso viene de la imperfección. Cada una
de las galaxias que vemos hoy en día fue una imperfección cuántica en el
momento del Big Bang según nos dicen los cosmólogos o los astrofísicos y
algunos otros científicos. La vida lleva 4.500 millones de años evolucionando
en el planeta a base de errores a la hora de copiar el ADN. Cada error es una
mutación... Nosotros fuimos una mutación. Por eso pasamos de primates a
humanos. Hablamos y pensamos porque la imperfección nos hizo. Estamos aquí
gracias a la imperfección”.
El payaso, cada vez que una lágrima resbala por su nariz que él
quiere aún más grande y más respingona, piensa en el regalo que nos hizo. Él ve
en esa gota los millones de moléculas que bullen y chocan entre sí, y es capaz
de distinguir entre tantas bolitas alocadas a aquellas pocas que salieron
malparadas, que perdieron su bolita de O de su traje de H2. Esa agua accidentada que llaman los científicos Ph
neutro.
“De hecho, toda la vida
del planeta depende de eso. Cada especie vive en un Ph particular, pero todos
vivimos ahí. Esta maravillosa diversidad, toda esta inconmensurable belleza, de
miles de colores, todo lo que hace especial a este planeta, todo lo que amamos,
todo vive ahí. Cada cual, en su pequeñísimo rango, muy cerrado de imperfección
acuosa”.
De una lágrima surge un universo dijo el payaso resumiendo al
astrofísico y a Homero. Y luego soltó una carcajada.