Misántropo, en el Teatro Pavón Kamikaze. Miguel del Arco explora la misantropía de nuestra sociedad y nos asoma a nuestro propio abismo a través del texto de Molière.
LEER ESCENA ACTO II Versificada.
El Misántopo que reconstruye Del Arco es una pieza de orfebre, minuciosamente fiel al sustrato original en cinco actos del siglo XVII. Mientras que en la de Molière todo transcurre en un salón aristocrático de París, Del Arco trae a los personajes a una discoteca-after y, más concretamente, hace que toda la acción suceda en el callejón al que conduce la puerta trasera de ese after. Un callejón recreado escrupulosamente a la perfección, casi como un personaje más, detalle a detalle, gracias a la maravillosa escenografía de Eduardo Moreno, la inspiradísima iluminación de Juanjo Llorens o el sonido, afinadamente encajado en todo el engranaje, de Sandra Vicente.
Es Alcestes, interpretado por Israel Elejalde, quien parece contener todos los demonios. Él es la caja de Pandora que no puede ser cerrada. Es él quien se aferra más a una voluntad de resistencia y quien se acerca descaradamente casi al dogma de fe.
foto II
Me encanta leer que entre las referencias que ayudaron a Del Arco se encuentra mi admirado Foucault —además de Montaigne o Cernuda—. Es curioso que no mencione a Ciorán o Bauman, aunque quizá también hayan pasado por su imaginario, pues a este Misántropo se le ven las costuras muy bien hilvanadas.
Equilibrada, sí. Ponderada, y tanto. El director consigue hacer que tiemblen nuestras certezas, esas que son como hologramas, y que nos entren ganas —si cabe más aún— de morar en el desierto. O lo que es peor, de regresar a la caverna. Sin antorchas. Sin una pizca de lucidez.
La culpa la tiene Platón. Culpemos a Platón.
Quién no ha leído el mito de la caverna. Fácil. Su sugerencia —sí, la de
Platón— pasaba por romper las cadenas, salir de la caverna y contemplar el
mundo. Mirarlo afrontando lo que nos depara. Quizá sea ahí cuando
empiezan los problemas, pues iluminamos las zonas oscuras de nuestros
congéneres y ¿qué advertimos?: la hipocresía, los dobles vínculos, la farsa y
la mascarada. En realidad, ¿no merecería la pena seguir engañados? Sin contar
con la lucidez que duele. La lucidez penetrante que nos puede transmutar en
misántropos. O llevar a odiar a la humanidad. La lucidez que nos puede hacer
querer buscar refugio en el desierto como le ocurre a Alcestes, el protagonista
de Misántropo: una revisitación, desde el siglo XXI, de la obra original
de Jean Baptiste Poquelin —a.k.a. Molière— alcanzada con
apabullante acierto por medio de la dirección y entrega del dramaturgo Miguel del Arco para el Teatro Pavón Kamikaze.
Moliére, que decía que «la hipocresía es el colmo
de todas las maldades», daría por bueno —quiero suponer— el retrato que de
aquella se hace en el Misántropo que estos días ha vuelto a las tablas.
Cuando Moliére escribe su obra —una comedia-drama en
verso fechada en 1666—, el autor tenía mala salud y su famosa
hipocondría estaba intacta. Además, su Tartufo había sido
prohibido por las presiones eclesiásticas, y las malas lenguas comenzaban a
tildar al autor de libertino por su Don Juan.
Sumemos a eso que la relación con su mujer —Armande,
20 años más joven que él— hace aguas debido a las repetidas infidelidades. En
definitiva, Misántropo germina para Moliére en este contexto y lo hará
como una obra que es una suerte de sublimación de los males que le estaban
acuciando.
El Misántopo que reconstruye Del Arco es una pieza de orfebre, minuciosamente fiel al sustrato original en cinco actos del siglo XVII. Mientras que en la de Molière todo transcurre en un salón aristocrático de París, Del Arco trae a los personajes a una discoteca-after y, más concretamente, hace que toda la acción suceda en el callejón al que conduce la puerta trasera de ese after. Un callejón recreado escrupulosamente a la perfección, casi como un personaje más, detalle a detalle, gracias a la maravillosa escenografía de Eduardo Moreno, la inspiradísima iluminación de Juanjo Llorens o el sonido, afinadamente encajado en todo el engranaje, de Sandra Vicente.
Los personajes del Misántropo para el siglo XXI
—Alcestes, Celimena, Filinto, Oronte, etc.— se meten coca, tienen
Instagram, beben y se pillan cogorzas, bailan esas canciones huecas que todos
hemos bailado en un after o en cualquier garito. Pero más allá de esos
elementos que la acercan a cualquier cohorte de millennials que esté
sentado en el patio de butacas, lo realmente importante es que no pierde la
esencia principal del mensaje del autor francés, esa idea que atraviesa la obra
de principio a fin: la sociedad es imperfecta, el mundo está lleno de
hipocresía, de engaño y de falsa adulación. La reflexión que se nos plantea es
si debemos saber adaptarnos para convivir con tales imperfecciones o bien
mantenernos imperturbables, defensores implacables de la verdad, convencidos de
que, de optar por la primera vía, hacemos del mundo un lugar peor en tanto en
cuanto nos convertimos en apóstoles de la mentira y el autoengaño.
Y es difícil no convertirse en alguien atrabiliario en
los tiempos que corren. Sí, de acuerdo, han pasado más de cuatrocientos años
desde que Molière escribió su Misántropo. No obstante, las cosas no han
cambiado mucho. La honestidad, la soledad, el egoísmo, la justicia, los celos,
la doble moral, etc. siguen siendo coordenadas a revisar. Nuestras
sociedades han avanzado hacia esa moral y modernidad líquidas, que diría
Zygmunt Bauman. Quizás padezcamos aquello de tener miedo de una identidad
que se acople a nosotros como un traje que ya no nos podremos quitar nunca.
En esa órbita se mueven los personajes del Misántropo
de Del Arco. Muchos de ellos no se comprometerían con nada para siempre
porque la ambición que les guía conoce bien aquella estratagema del «allá donde
fueres haz lo que vieres». Fiel reflejo en ese callejón, durante casi dos horas
de historia, resulta imposible no pensar en que cualquiera puede perderlo todo
de un minuto a otro.
Perder a tu pareja, perder la credibilidad, perder los
nervios, perder la vergüenza. Perder la razón, perder el juicio, la
dignidad. Perder la confianza. Todos los personajes de Misántropo tienen
miedo. Están atribulados. Y mucho. Es algo que deviene hacia el final. Ahí es
cuando vemos cómo se sustancia en cada uno de ellos el miedo: el denominador
común en los siete personajes que danzan y desfilan por la historia. El miedo
que los atenaza a todos. Su falta de libertad. Aun conociendo la amenaza son
incapaces de prevenirla. Pero ellos volverán a replegar ese miedo y a exiliarse
de lleno en la fiesta. Porque cuando la atención se divide, la ejecución se resiente,
y mientras cantas y bailas y lames el culo al anfitrión, ¿qué consigues?: no
pensar. Pues eso.
Es Alcestes, interpretado por Israel Elejalde, quien parece contener todos los demonios. Él es la caja de Pandora que no puede ser cerrada. Es él quien se aferra más a una voluntad de resistencia y quien se acerca descaradamente casi al dogma de fe.
foto II
Nunca quiso Molière mostrar personajes blancos o
negros, sino matizados. Y este hecho está logrado con creces
en la obra. Nuestros arrepentimientos van y vienen; la comunicación en los
diálogos entre los personajes arrastra el conflicto de un lugar a otro, como un
tronco pesado arrastrado por la resaca del oleaje. Ahora estamos con Celimena,
ahora con Alcestes. Ahora nos ponemos del lado de Oronte, ahora del de Filinto
y otra vez del lado de Alcestes. C’est la vie.
Todo el reparto está en sintonía. Todos saben
comprender el caos y los remolinos que ocurren en ese callejón y en el interior
de sus mentes. Queda muy bien retratada esa nueva corte de vasallos que en el
siglo XVII complacían al rey y ahora complacen al anfitrión. No desentonan en
su conjunto todos los que salen en escena —Israel Elejalde, Ángela Cremonte,
José Luis Martínez, Miriam Montilla, Manuela Paso, Raúl Prieto y Cristóbal
Suárez—. A menudo recuerdan a los vuelos sincronizados de los estorninos.
Un alarde de trabajo en equipo, solidaridad y empatía como actores los unos con
los otros. Unos actores y actrices dadivosos.
Sin desmerecer el trabajo de ninguno —no hay uno solo
que chirríe—, sí considero que Elejalde habita en Alcestes, o al revés, de
un modo tan deslumbrante que noquea. Él, que representa al filósofo de
callejón que sabe lo que duele pensar; él, que encarna al arquetipo foucaltiano
de la resistencia y la voluntad de verdad; él, que salió de la cueva, rompió
sus cadenas, y nos muestra cómo opera la lucidez empecinada y cegadora y de qué
modo punza más la cordura que la locura; él, Alcestes/Elejalde, todo eso y más
logra evocarlo e interpretarlo con naturalidad y sencillez, aunque sepamos y
veamos que, realmente, sobre el escenario está poseído por una fuerza
interpretativa abrumadora. (No se pierdan ese soliloquio aferrado a una cañería
mientras declama: endiosado).
Me encanta leer que entre las referencias que ayudaron a Del Arco se encuentra mi admirado Foucault —además de Montaigne o Cernuda—. Es curioso que no mencione a Ciorán o Bauman, aunque quizá también hayan pasado por su imaginario, pues a este Misántropo se le ven las costuras muy bien hilvanadas.
Miguel del Arco nos obliga a pensar contra nosotros
mismos —quizá porque en el elaborado proceso de búsqueda que
se intuye, primero lo hizo él—. Provoca y sacude hasta el punto de preguntarnos
si será mejor un vicio tolerante que una virtud obstinada. Hasta el punto de
hacernos dudar si la parresía ética de la antigua Grecia es el
equivalente del actual sincericidio. Gracias a Misántropo vemos
cómo el que habla mejor no siempre es el que dice la verdad sino el que seduce
más. El que manipula más. La verdad ya no es seductora.
Reflexión sobre la condición humana, alegato contra la
demagogia y los demagogos, Del Arco acierta en su propuesta al no
pisar nunca mina alguna en el peligroso territorio de las intenciones
moralizadoras.
Equilibrada, sí. Ponderada, y tanto. El director consigue hacer que tiemblen nuestras certezas, esas que son como hologramas, y que nos entren ganas —si cabe más aún— de morar en el desierto. O lo que es peor, de regresar a la caverna. Sin antorchas. Sin una pizca de lucidez.
Misántropo
Autor: Molière
Dirección y versión: Miguel del Arco
Reparto: Israel Elejalde, Ángela Cremonte, José Luis
Martínez, Miriam Montilla, Manuela Paso, Raúl Prieto y Cristóbal Suárez. Con la
colaboración especial de Asier Etxeandia (voz del tema musical “Quédate
quieto”)
Escenografía: Eduardo Moreno
Iluminación: Juanjo Llorens
Sonido: Sandra Vicente (Studio 340)
Música: Arnau Vilà
Vídeo: Joan Rodón, Emilio Valenzuela
Vestuario: Ana López
Coreografía: Carlota Ferrer
Foto cartel: Rodón & Moreno
Producción ejecutiva: Jordi Buxó
Director de producción: Aitor Tejada
Producción de Kamikaze Producciones en coproducción
con el Teatro Español de Madrid y el Teatro Calderón de Valladolid. Con la
colaboración del Teatro Palacio Valdés de Avilés.


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