mardi 26 septembre 2017

Los Amores de MOLIÈRE



Los amores de Molière

Madeleine Béjart
Mlle Du Parc
 Mlle De Brie
Armande Béjart


ACTO PRIMERO
          El señor Jean Poquelin quería que su hijo le sucediera en su puesto de tapicero real, pero el amor hizo del joven Poquelin comediante.

          Había en París un teatro donde los jóvenes de buena familia actuaban acompañados de actores profesionales.
          Esta troupe, formada en principio por amateurs, incluía entre sus miembros a toda la familia Béjart. Esta familia se decía descendiente de un oficial a las órdenes de Carlos V.

         En la tribu de los Béjart destacaba sobre todos una pelirroja de 26 años llamada Madeleine.

          Era una joven de carácter fuerte y bastante presumida. Quizá por eso fue protagonista de algunas intrigas amorosas. La relación más larga la mantuvo con un noble, el Señor De Módena, y fruto de esta relación nació una niña.

         Madeleine alternaba en escena los papeles de reina con los de criada; pero, claro, prefería los de reina – ya saben, la alcurnia del capitán-. Intentó que el señor de Módena se casara con ella, pero se quedó compuesta, sin novio y por supuesto sin marido ni hija.

          En este preciso momento, el joven Jean Baptiste Poquelin apareció en escena y conoció a Madeleine.


          A pesar de los esfuerzos de su padre por hacerle desistir, y a pesar de las amenazas de toda su familia,  Jean Baptiste Poquelin se enroló en la compañía del Ilustre Teatro, y adoptó el sobrenombre de Molière.


          Pronto se convirtió en el jefe de la compañía gracias a su inteligencia y a su enorme talento. Bueno, y gracias también a su dinero. Porque la suerte de ser director y la fortuna de ser querido la pagaba de su propio bolsillo.

        Pero como las cosas no iban bien en París, decidieron inventar lo que hoy se conoce como tournées y recorrer Francia.

          De esta época de viajes entre 1646 y 1653, se cuenta, en algún tratado muy serio, una aventura de Molière que pudo acabar en tragedia.  Parece ser, que en Pezenas, el futuro autor de George Dandin, no se conformaba con el sillón del barbero del pueblo, sino que hizo mal uso de cierto mobiliario de la casa, auspiciado por la esposa de éste, hasta que el barbero forzó a Molière a buscar una salida de emergencia por los tejados y goteras del pueblo…



El protagonista de esta escena es George Dandin, un rico campesino de pueblo que se casa con una joven de la nobleza pero económicamente a punto de la ruina.  A cambio del prestigio, mantiene a toda su familia. 

Al principio de la obra ya parece  arrepentirse …




ACTO SEGUNDO

        Afortunadamente para la moral, estas escapadas no fueron frecuentes en las peregrinaciones de Molière a través de Francia;

       Podemos imaginar que, en el trascurso de las representaciones ambulantes, Molière conociera algunas señoras de alcurnia, que se prestarían encantadas a ayudarle en las formalidades previas. madame l’Élue, madame l’Intendante, madame la Baillive, mujeres provincianas ávidas de un ideal tan raro en estas pequeñas localidades, de las que el autor extraerá los arquetipos de provincianas esbozados con una malicia encantadora que bien puede ser el recuerdo de galanteos.

          Pero lo que no deja lugar a suposiciones, es el encuentro en Lyon con dos mujeres que son fundamentales en su vida y en su obra.
           En efecto, en Lyon conoció a la señorita Du Parc y a la señorita De Brie, ambas ligadas al teatro de Lyón.


La señorita Du Parc era una de esas bellezas frías y orgullosas. Entre sus adoradores se contaban nada menos que Pierre Corneille, Thomas Corneille, La Fontaine, Molière y Racine, por orden de aparición. La llamaban La Marquesa, y los papeles que representó lo justifican sobradamente:  Cathos en las Preciosas, Elvire en Don Juan y Arsinoë en el Misántropo.


       La Du Parc rechazó sin miramientos los avances de Molière y éste lo  encajó bastante mal.


Entonces miró con otros ojos a la Señorita De Brie; dulce, cariñosa y afable, de la que hablaremos luego.


     De su antiguo amor por la Du Parc, Molière guarda recuerdo de sus sentimientos que afloran en inspiradas escenas de Las Mujeres Sabias. En concreto la Escena II del Acto Primero en la que Clitandre interpreta entre las dos hermanas de la ficción Henriette y Armande el mismo papel que Molière entre las señoritas Du Parc y De Brie en la vida real:




  TRISOTÍN o Las Mujeres Sabias   Acto Primero   (26’)      


                                CLITANDRO,    ARMANDA,  ENRIQUETA.


Versión de Macha Makeïeff



CUADRO TERCERO

Decía Molière, “es una extraña empresa la de hacer reir a la gente del pueblo, puesto que sólo rien cuando quieren”. Nuestro autor manejó todo un arsenal de técnicas cómicas:
Sus actores multiplican los Gestos, la mímica y las muecas, los vestidos ridículos y los accesorios extravagantes para ayudar a las Situaciones a desencadenar la sorpresa, la coincidencia insólita, los giros inesperados y poner en dificultades a los personajes de los que reírnos. Porque, no lo duden, nada más cómico que la desgracia de alguien.
   Para recrearlo, las palabras se manipulan, deforman. Aparece lo vulgar y pueblerino frente a lo excesivo y relamido. Las palabras entre dos niveles rebotan, se confunden en su decir, en ambigüedades, en sus dobles sentidos… Molière es un maestro en mantener discursos con doble interpretación o Quiproquo, una cosa por otra.
  Cuando los personajes representan un vicio, una idea fija, una manía, son caracteres, es decir, caricaturas morales.
   La burla consigue así un efecto moral. Los memes de la época hablaban de la excesiva preocupación por el cuerpo, de la hipocresía de los que se les llena la boca de consejos cuando son los primeros que no los cumplen, de tronistas avant la lettre que opinan de todo y no tienen idea de nada… ¿les suena?
  Veamos un ejemplo de quiproquo en Las Mujeres Sabias Acto I Escena IV, entre el joven enamorado Clitandro y la tía de su amada, Belisa, de quien quiere obtener el consentimiento para su boda con la bella Enriqueta.



ACTO TERCERO
La señorita De Brie  era muy joven, delgaducha, pero bastante hermosa como lo prueba el cuarteto a ella dedicado por otro autor cuando tenía ya sesenta años:

      Tuvo que ser deslumbrante,
      Puesto que aún hoy, pese a la edad
      apenas hay joven beldad
      Que iguale su beldad menguante.


Por los papeles que le tocó interpretar en escena podemos deducir su carácter, puesto que lo normal era acomodar los personajes a la naturaleza de los intérpretes. Es decir, que los papeles se escribían pensando en actores concretos.

             La Señorita De Brie fue la sensible Éliante, del Misántropo, la Marianne del Tartufo, la Vénus de Psyché. Es decir, los tipos más encantadores trazados por el genial pintor de mujeres que fue Molière.

La Señorita De Brie supo dar al suspirante desdeñado todo el consuelo que estuvo en sus manos, y siguió siendo, durante el resto de su vida, su amiga siempre fiel y el refugio seguro de las tormentas que ensombrecieron la existencia del poeta cómico.

             La Du Parc se arrepentiría más tarde de haber desdeñado a Molière, pero éste ya estaba curado.

          En esta época se opera una transformación en el carácter de Molière que no ha sido suficientemente advertida por los comentaristas; Molière conoce el verdadero amor.

          Hasta este momento, no había tenido la seguridad del afecto que garantiza una madre. Marie Cressé, primera mujer de su padre, murió cuando él sólo tenía diez años. En cuanto a su padre, era un avaro que, a poco más de un año de cumplirse el duelo, se casó, por interés, en segundas nupcias con Cathérine Fleurette. De manera que el niño Jean Baptiste tuvo que soportar la aspereza de una madrasta en lugar de las caricias y ternuras de una madre,  cuidados que predisponen a los buenos sentimientos.
               
El Avaro es su venganza creativa. En esta escena El viejo avaro Harpagón va a casarse con la joven Marianne por ahorrarse la dote; impidiendo el amor verdadero de su hijo Cleante por Marianne.
El día que Marianne viene por primera vez a la casa para formalizar la promesa de matrimonio, Cleante se le declara sin perder la cara ante su padre.

HARPAGÓN,  MARIANA,  CLEANTO,   ELISE,  
VALERIO,  FROSINA   y MIAJAVENA


ACTO CUARTO

Como veníamos diciendo, Molière no conoció el afecto de una madre ni tampoco en su matrimonio; aunque se casó con veinte años con Madeleine Béjart, esta pasión fue fruto de la fogosidad juvenil más que del corazón. Hasta 1653, la verdadera poesía amorosa no había aflorado aún en su espíritu. Baste como prueba los esbozos descoloridos de los personajes femeninos de obras anteriores como l’Étourdi.

            En este momento la Du Parc y sobre todo la amable y poética De Brie excitaron este alma sensible y le hicieron descubrir toda la gama de matices propios del amor : las palpitaciones, los malentendidos, las frases de doble sentido, las flores que se ofrecen, las miradas que se cruzan  … la eterna comedia de los enamorados en la primavera de la vida, tan grato de representar, pero tan efímera;  antes de hacer el papel de padre responsable, gozando aún el momento de figurar como el galán enamorado en los carteles de sus representaciones.

             Todas estas revelaciones, Molière, que no había conocido más que las relaciones fáciles, le hacen producir esas encantadoras escenas de enredo y desenredo de amor y desamor que haría exclamar al crítico La Harpe, emocionado ante sus obras maestras:

<Deberíamos postrarnos de rodillas ante este este gran hombre>

Años más tarde, esta armonía amorosa de juventud aflora en el dúo Valère y Marianne del Tartufo, en el cual resuena la voz del melodioso poeta latino Horacio cantando al Amor.

El Tartufo   ACTO II    ESCENA IV
VALÈRE, MARIANE, DORINE. 

                                                         https://vimeo.com/199726167

ACTO QUINTO

De 1653 a 1658 Molière continuó viajando con su troupe de actrices secuestradas al teatro de Lyón. Con algo de experiencia en la vida, no nos es difícil imaginar los celos y las disputas que surgirían en esta compañía entre Madeleine Béjart y la señorita De Brie, y no digamos con la Du Parc.

Molière se encontraría en una situación parecida a la que describe Homero,  con Júpiter, durante la guerra de Toya, persiguiendo a Minerva, Juno y Venus. En medio de este ambiente, Molière llega a París y se instala definitivamente.

Pues bien, cuatro años más tarde, en 1662, el 20 de febrero, se casa con Armande Béjart, la hermana menor de su primera mujer; y se instala, junto a su joven esposa en un lujoso apartamento bien amueblado, con hermosos espejos, magníficos tapices, lujosos balcones. En una palabra, todo el confort y el lujo de un artista que sabe apreciarlos, y que se ha ganado, por su esfuerzo, el disfrute de estos goces materiales.
Mme de Sévigné sostenía que Armande era fea. Esta apreciación es falsa, o a lo sumo exagerada. De haber sido cierta no habría obtenido tanto éxito ni en el teatro ni en la corte.
       Es más lícito pensar que era una mujer agradable, de buen ver, como suele decirse. No es lo mismo que ser guapa pero a veces es mejor.
          Por cierto, tenemos el retrato de Armande Béjart hecho por Molière mismo en El burgués gentilhombre   Acto III    Escena IX


5



El burgués gentilhombre   Acto III    Escena IX

                                                         CLEONTE   y   COVIELLE



ACTO SEXTO


Es un dato contrastado que Molière pasó de una a otra hermana, pero  ¿qué transformaciones se operaron en el alma del poeta desde el punto de vista humano?


             Madeleine envejecía, tenía casi cuarenta años mientras que Armande florecía, tenía diecisiete. Podemos seguir los capítulos de esta novela en los que la mente desempeña un papel tan importante como el del corazón.


            Molière había visto crecer a Armande junto a él y, como filósofo, la estudiaba.


            ¡Cuán fecundo pudo ser en reflexiones el espectáculo de ver a esta niña convertirse, primero, en adolescente y luego en mujer ! ¡ Cuánto aliciente asistir a estas transformaciones sucesivas del carácter, y qué fuente de inspiración y meditación sobre los instintos, la educación, sobre el desarrollo de la naturaleza femenina!


            Molière analizaba…, y, poco a poco, el sujeto y el objeto del análisis se confundían.

           Mientras veía a Armande con los ojos del cuerpo, la visión de su mente reproducía esos personajes entrañables de Leonor en la Escuela de maridos o Agnès en la Escuela de Mujeres. Incorporando en un mismo amor, en una misma ternura, las creaciones de su imaginación y esta realidad que llevaba el premio de la juventud y la belleza. Pronto creyó que tanto una como la otra le pertenecían, y las dos, confundidas, se hicieron una. Tras darle una copia al público, se guardó el modelo para sí.        

            La lógica de las fechas contrasta la lógica del alma. En 1661, Molière estrena la Escuela de Maridos; en 1662, la Ecsuela de las Mujeres, y, este mismo año, 1662, se casa con Armande Béjart.

  La escena representada a continuación es un ejemplo clásico de Quiproquo o confusión cómica entre los personajes acerca de aquello de lo que se está hablando. El protagonista Arnolphe, un cincuentón que ha criado desde niña a Agnès para hacerla su mujer ideal, es decir, una mujer tan ingenua que nunca le podría ser infiel. Este tema que ya lo sugirió Cervantes en un entremés, El viejo Celoso, y en su novela ejemplar el Celoso Extremeño, lo retoma no obstante Molière de María de Zayas y Sotomayor. 
  Arnolphe vuelve de un viaje y en su ausencia parece ser que la ingenua Agnes ha recibido las visitas de un joven apuesto. Quiere sonsacarle la verdad ya que los celos lo reconcomen…



 
                                                             ARNOLPHE, AGNÈS. ()



https://drive.google.com/open?id=0B8px5zgI417EMmpWU3d2bEFkQjg



ACTO SÉPTIMO


No hace falta buscar documentos que nos informen sobre el desarrollo de este matrimonio. Las obras de Molière son auténticas memorias.


            ¿Quieren saber, por ejemplo, cómo le iban las cosas dieciocho meses después de la boda?  Basta con leer la escena Primera de la Impronta de Versalles, donde Molière mismo no sabiendo cómo darle al rey la representación que desea, se enfada con su compañía y sobre todo con su mujer:



Señora Molière.  ¿Queréis que os diga una cosa? Deberíais hacer una comedia para vos sólo.



Molière.                ¡Callaos, mujer. Sois una bestia!



Señora Molière.  ¡Ah, muchas gracias, señor marido! ¡Eso es lo que pasa! ¡Cómo cambia el matrimonio a  la gente! ¡Hace dieciocho meses no me hubierais  hablado así!



Molière.              Callaos, os lo ruego.



Señora Molière.  Es algo curioso que os preocupe tanto organizar una pequeña ceremonia hasta el punto de haceros perder toda dignidad, y que un marido o un novio miren a la misma persona con ojos tan diferentes.



Molière.              ¡Cuánto discurso!



Señora Molière.  A fe, si yo hiciera una comedia, la haría sobre este tema. Así se comprenderían muchas cosas de las que se nos acusa, y así aprenderían los maridos la diferencia que hay entre sus brusquedades y las galanterías del noviazgo.




Sólo esta página nos permite reconstruir todo un interior: Molière tiene cuarenta años, cansado de viajar, agobiado por el trabajo, lleno de preocupaciones diversas, a menudo indispuesto, con un teatro que dirigir, obras que escribir, un rey al que contentar, y por encima de eso, nervioso, irritado, de mal humor; por otro lado, Armande tiene diecinueve años, sólo la preocupación de agradar en mente, de ser amada, y que desearía un esposo más joven, más atento, más cariñoso.


Pronto llega la desilusión. La señora Molière de la obra le dirige a su marido un reproche desgraciadamente común a muchas mujeres casadas: “ya no eres el mismo”.


La queja está fundada.  Antes era ese enamorado que se sacrificaba ante el menor capricho de la novia, impaciente y vivaz. Luego será el esposo, el señor, despreocupado, desatento, egoísta.


La eterna historia de muchos hogares.


La mujer pide demasiado, el marido no se entrega lo suficiente, la paz se altera y el equilibrio de la felicidad se rompe.


Con un pequeño esfuerzo de cada parte sería posible recomponer el equilibrio.


Pero el fino observador de la naturaleza humana, el filósofo, es incapaz de esta mínima prudencia matrimonial. Para Armande no será más que un marido demasiado serio, demasiado viejo y preocupado y, para colmo de todo, no es la mujer que le conviene.



¿Para qué investigar en otras direcciones las causas de la tristeza de Molière en sus obras. ¿Para qué buscar en documentos históricos las infidelidades de la señora Molière?



Molière sufre como Alceste por Celimène,  en el Misántropo, las infidelidades de su amor, sus coqueterías y galanteos con los señores de Versalles. Celimène es Armande, qué duda cabe.


Los condes entran y salen de su casa, sobre todo de Guiche y Lauzun, Molière desearía, necesita, la tranquilidad de un hombre que trabaja.



         En el Misántropo Alceste ama a Celimena, pero ella representa todo lo que más odia.

   (Ver Escena)
Misántropo, acto II.



CÉLIMÈNA,ALCESTE, CRIADO, CLITANDRO y ELIANTE






CUADRO NOVENO


            Sin la calma que necesita, con una mujer que se desentiende de su trabajo, que le atormenta con sus infidelidades, Molière busca el consuelo una vez más en la señorita De Brie.


            No prejuzguemos a nadie. Ni a  Molière por querer buscar a una amiga ni a la señorita De Brie. La buena, la generosa, la que olvida el pasado para aliviar el presente, la que consiente en curar las heridas que otras han causado, olvidando incluso las suyas, queriendo aún a quién quiso, no tanto por ella como por él.

            A quien le irrite la idea de que volviese a ella como quien busca a una hermana de la caridad, alguien sobre quien dejar caer las lágrimas y desahogarse: habría que recordarle el tesoro de gratitud y la gloria que encerraban.



            Los fans incondicionales de Molière odian a las Béjart mientras que la señorita De Brie vivirá para siempre en el corazón de todos aquellos que saben cuánto de la ternura de Molière se le debe a esta mujer. El crítico Jules Janin dijo en una ocasión:

Quien quiera hacerse una idea exacta de Molière debe imaginárselo entre sus dos amigas: su sirvienta Laforest y la señorita De Brie”.

            Sus últimos días parecían, sin embargo, que iban a devolverle la tranquilidad. Se había reconciliado con su mujer hacía casi un año cuando falleció. Cinco meses antes de la fatal representación del enfermo imaginario nació su hija, aunque no sobrevivió más que un mes.

            Durante la cuarta representación del Enfermo Imaginario en el Teatro Real de París el 17 de febrero de 1673, Molière tiene una crisis. Su papel, es un hipocondríaco ridículo. ¿lo tenía pensado? Molière aprovecha la sangre real que sale de su boca, y las contorsiones de su enfermedad para arrancar una última carcajada y último gran aplauso del público. Y tiene la decencia de morir en su casa, acabado el espectáculo.

Aucun commentaire:

Enregistrer un commentaire