dimanche 24 septembre 2017

PICASSO


        Cuando Picasso tenía 15 años dibujaba ya como el gran Miguel Ángel. Si hubiera seguido haciéndolo nadie hablaría de él hoy.  A lo sumo, habría destacado en el gremio de cartelistas de cine,  como ilustrador de libros o, por supuesto, en las calles como retratista.

                Su genialidad es que siguió pintando como el niño que fue y que amaba pintar. Es muy difícil seguir siendo un niño. Es un trabajo que consiste en  despojarse, despiojarse, por qué no; es decir, desembarazarse de los prejuicios que desde la infancia misma empiezan a añadirse. Es algo así como limpiarse las gafas de toda la podredumbre que se nos va adhiriendo pero con la delicadeza del niño, para no rallarlas. 

                La grandeza del Guernica, sin duda una de sus obras maestras, es aquello que casi siempre se le reprocha: parece pintado por un niño. ¿Por qué funciona? Porque en la voz de Picasso, ya que para que un cuadro, para que cualquier cosa funcione, tiene que haber una voz, esto es una manera de decir las cosas; pues bien, la voz del Guernica es la voz del niño. No es la denuncia de la sinrazón de la guerra, de la brutalidad del fascismo, etc, aunque también. Es, ante todo, el llanto sobrecogedor de un niño horrorizado ante los espasmos del caballito muerto en su jardín ideal de juegos. Es ese niño recluido al espacio opresivo del interior de lámpara marchita. Es esa madre-niña que, horror del segundo grito, tiene a su niño muerto entre los brazos. Su alarido es el grito desesperado ante el juego de la vida interrumpido brutalmente. Y es, tercer grito de horror, el lamento del artista-niño que tiene que dejar de ser niño-pintor para ser hombre, político, artista, denunciante… Es la pérdida de los lápices de colores.

                Su coraje, la grandeza de su voz, es que pese a todo el horror, pese a este coro de gritos de espanto, la voz del artista sobrevuela sobre los demás aullidos con un timbre de esperanza. Picasso mismo me lo ha dicho, bueno, se lo ha dicho al niño que hay en mí y que quiere seguir vivo: “nunca dejes de ser un niño”.

En inglés y en francés se emplea el mismo verbo para representar y para “jugar”. Se dice To Play o Jouer indistintamente para referirse a este juego maravilloso en el que yo era… éste, o aquel. Eso o aquello…  No, no estoy de acuerdo con que en el teatro se trate de jugar a ser lo que no somos. No es el juego de la mentira. Sino todo lo contrario. Es el juego de seguir siendo todo lo que somos. El juego de la verdad verdadera de Picasso. El juego más difícil del mundo, un juego de niños.

 ¿Alguien ha visto algún niño de verdad quejarse de no ser el rey y ser un árbol? ¿De dónde viene este prejuicio o, sobre todo, cuándo? Cojan a un niño que aún no habla del todo, mézclenlo con otro niño similar del otro extremo del mundo; en pocas horas se inventarán un lenguaje. Es el lenguaje del hombre. Esa es la gramática que debería estudiarse. Perdón, jugarse…

Los niños de ahora ya no juegan. Tal vez. Pero nadie juega. ¿La vida es acaso un juego? Por supuesto que no. Esa es la pena. Que se ha convertido en una apuesta calculada de posibilidades. En un juego de naipes trucado, en un casino donde la banca siempre gana. En un texto aprendido.

¿Y si los niños de pronto empezaran a jugar? ¿Si los naipes fuesen imaginarios? ¿Y si las reglas del juego fuesen las de esa gramática primitiva de los niños del parque? ¿Y si Don Quijote, ese maravilloso niño, hiciera su última salida por Estrasburgo, por ejemplo?

Tranquilos, los niños de hoy tienen demasiada caspa. No hay nada que temer.

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